En memoria de Tejera
Las calles de la Barra ven pasar muy pocos autos y peatones después de Carnaval. El balneario vuelve poco a poco a ser lo que acostumbra en pleno invierno. Locales cerrados, pastos desprolijos y el mar no silenciado. Los celebrados meses de diciembre, enero, febrero y quince días de marzo han terminado. Las galerías de arte siguen funcionando en su mayoría para tratar de extender su negocio al frio de julio, agosto.
Las galerías de arte, y algunos ateliers, que se extienden por los escasos kilómetros de la ex Ruta 10, ahora llamada Eduardo Víctor Haedo, tienen sus momentos de gloria todos los viernes del primer mes del año. El recorrido de las Galery Nights se extiende desde La Barra al balneario Manantiales y nuclea a 37 galerías y ateliers distribuidos por la zona. Se realiza desde el 2003, pero fue en los últimos años que alcanzó un destacado lugar. ¿El evento se popularizó en la Barra porque allí se encontraba un naciente y desarrollado mercado del arte?, y, ¿el mercado del arte se instaló en la Barra debido al reconocimiento de un público que no buscaba arte en Punta del Este?
Punta del Este sirvió como carnada para muchos amantes del arte: gente adinerada que veraneaba en el balneario de moda. Los artistas ansiosos por vender y mostrarse al mundo exponían sus obras en esa ciudad. Pero como todo fluye, parafraseando a Heráclito, comenzaron a emerger otros puntos de referencia para el público objetivo de las galerías. La Barra, Manantiales, José Ignacio salieron a la luz y comenzaron a existir en los mapas de los turistas que tal vez buscaban esa paz que Punta del Este ya no ofrecía. Todo lo que se populariza se vuelve aburrido.
El arte en La Barra es heterogéneo. Abstracto, figurativo, artistas nacionales, extranjeros, con puntos de vista divergentes en cuanto a lo que es hoy ese balneario kriptonita para los buscadores de arte. Ignacio Zuloaga, hijo del pintor Zuloaga, cree que La Barra ha superado a Punta del Este, y que es bueno que haya una oferta variada. Por otro lado, Beatriz Pereira, de Lavanda Art House and Garden, dice que todavía no se puede competir con el principal balneario.
Si hay alguien que sabe cómo se mueve el mercado del arte en esos dos puntos que se disputan la supremacía es Raquel Gutiérrez. Profesora de baile flamenco y de francés, vendedora de cuadros desde los 18 años y viuda de Ángel Tejera. Acompañó a su esposo 53 años en distintas galerías de Punta del Este hasta que un tumor truncó la vida de su compañero siete años después de instalar su atelier en La Barra.
Tejera fue uno de los pioneros en vender su obra. Por ese entonces el artista más reconocido era Carlos Páez Vilaró. A los 20 (1959) pintaba en el altillo de la panadería de sus padres y sus cuadros se vendían como pan caliente, se vendían frescos. Era un autodidacta que creía que para ser pintor tenías que nacer en el lugar adecuado. Y Punta del Este fue su tierra prometida.
Pintaba al óleo sobre tela y muchas veces utilizaba una gillete que dejaba en sus manos cortes superficiales y una impecable rugosidad en los pliegues de la ropa de los protagonistas de sus obras. También se animó al collage utilizando encajes y a prender fuego sus cuadros. Pintaba con la música a todo volumen, algunas veces haciendo percusión con los pinceles y otras haciendo pesas con la mano libre. Pintaba también su pelo cuando las canas asomaban y cultivaba su cuerpo con maratones mañaneras en la playa.
“Un pintor temático (como todos) que actúa como un minero que descubre filones de oro (…) y pasa de los paisajes costeros geométricos, a los niños rodeados de motivos surrealistas y después a los niños con los juguetes antes del consumismo, los motivos obreros (…), los desnudos femeninos propios de un voyeur, las mujeres con capelinas que casi hicieron de Tejera una grifa internacional de la industria del accesorio, los collages armados como naturalezas muertas a partir de falsas fotos pequeñas, y varios eslabones en el medio”. [1]
La opinión de Raquel sobre el mercado del arte es sentenciosa: “no tiene lógica”. El hecho de que haya muchas galerías en La Barra marea al público. Y en esto también coincide Elena Damiani, artista plástica, que dice que “la proliferación hace que el nivel no sea parejo y además le quita credibilidad”. Hoy son muchos los artistas que comercializan sus obras independientemente de las galerías. Éstas se quedan con un alto porcentaje, hasta un 50% del valor de la obra, por lo que la mejor opción es no depender de terceros. Se puede escapar de la lógica de las galerías si se tiene una firma reconocida.
En cuanto a la fascinación por la autoría se defienden dos corrientes. Una que dice que la gente compra la firma, por ejemplo muchos turistas llegan a buscar un Tejera, y otra que dice que en su galería exhibe piezas de autores que le resultan estéticamente atractivas, que no le interesa el nombre sino la obra per se.
Ángel Tejera firmaba “A.Tejera”. Sus cuadros se venden con una certificación que otorga su viuda. Pero algunas de sus obras tienen un signo en la parte superior derecha: un triángulo con las iniciales A, W, T, que corresponden al nombre completo del artista. Ángel Wilfredo Tejera siempre bromeaba con que todavía no había pintado su mejor cuadro, sin embargo, a los que les gustaba mucho los estigmatizaba con ese símbolo, aunque muy poca gente sabe ese secreto.
No le gustaba hacer alarde de lo que vendía y nunca contabilizó su obra. Quedan solamente 80 Tejeras esperando su suerte: salir del frio salón de la galería O L Art Galery para adornar el living o escritorio de algún cliente paraguayo, argentino o europeo. En esa galería atiende Raquel, en la avenida Eduardo Víctor Haedo.
Casualidad o no, el ex presidente de la República fue uno de sus mejores amigos. Se conocieron por intermedio de Glauco Capozzoli un día que fueron a pintar un mural en la Azotea de Haedo (casa de veraneo del primer mandatario). Debido a una impertinencia de Cacho, como llamaban sus amigos a Tejera, Eduardo Víctor Haedo comenzó a pintar: le estaba dando tantas indicaciones sobre un cuadro que el pintor tiro los pinceles y le dijo que hiciera él el trabajo. Haedo decía que le pintaba los cuadros al fernandino como una manera de burlar los rumores que aseguraban que el pintor le hacía los cuadros al ex presidente. A pesar de que Tejera se codeaba con personas influyentes de Argentina, Uruguay y Paraguay, como el ex presidente Juan Carlos María Wasmosy, conservaba sus amigos anónimos de su juventud. El último retrato que Cacho pintó (era lo único que hacía por encargo) fue de la cuarta esposa de Bernardo Neustadt. El periodista falleció en junio y el pintor en octubre del 2008.
Ángel Tejera no estaba de acuerdo con las Galery Nights. Su actitud frente al evento consistía en cerrar las puertas de su atelier los viernes de enero a las ocho de la noche. Era tímido en su vida pública: no le gustaba que le hicieran reportajes, ni hablar para un auditorio. Repetía que él se expresaba con la pintura no con las palabras, tenía nula facilidad para los idiomas. Sin embargo, dos amigos argentinos con los que compartía muchas horas de verano, lo recuerdan como un “gran contador de cuentos.” Tenía la capacidad de contar una historia y dentro de ella intercalar mini relatos que dejaban a los escuchas más atentos y atónitos por el cómo que por el contenido de sus discursos.
Raquel tuvo que acoplarse a la movida cultural de La Barra. Espera a los amantes del arte que llegan después de las siete de la tarde para invitarlos con una copa de champagne y darles un paseo por la galería. Reconoce que el sistema tiene algunas fallas: se ven las mismas caras todos los viernes, “se matan por una copa de champagne”, y la mayoría de las personas ni miran los cuadros. Pero el evento tiene buena prensa y hay que hacer valer los 400 dólares que sale pertenecer al circuito de las Galery Nights.
Elina Damiani y Beatriz Pereira coinciden en que el acontecimiento resulta demasiado masivo y que el público de enero es variado y no todos están motivados por el arte. De todos modos, gracias al evento se divulga y promueve la pintura, y los artistas logran conectarse con buscadores de arte.
Vivir de sus obras fue algo que Tejera logró. Mantuvo una familia de cuatro integrantes viviendo los inviernos en Buenos Aires y los veranos en Punta del Este. Iba de vacaciones a Brasil en auto porque tenía un miedo feroz a volar en avión después de que viajando en uno se prendiera fuego un motor. Raquel continúa vendiendo las obras que su marido dejó, que oscilan entre 600 y 14000 dólares. Ha tenido que ceder a la voluntad de su marido de que su última colección “Frontalidades” no fuera a parar a manos de terceros. Es muy distinta a toda su obra y la hizo por satisfacción personal. Pero sin cobrar jubilación y debido a una fatal temporada como catalogó a la pasada hay que tenerle respeto a la necesidad.
Es improbable que el mercado del arte en La Barra se extienda todo el año a pesar de que sería beneficioso para los artistas. Hay que acostumbrarse a ver el bombardeo de gente en esos meses privilegiados con la resignación de que en invierno las luces se apagan y los buscadores de arte regresan a adornar sus casas. La cacería vuelve a empezar otra vez cuando se anuncia la temporada.
[1] Dr. Miguel Carbajal, extraído del folleto de la Muestra Frontalidades.
Trabajo realizado para Periodismo Cultural – marzo 2011



































































































